«Hace como si nada» de Damián Cordones

Visitamos a Violeta, que anda delicada últimamente. Entretenida, junto a la ventana y en la silla de ruedas, pues ahora adolece de las rodillas, está tranquilamente ocupada con el patchwork.

¿Cómo está ese ánimo, Violeta? —Y le damos dos besos tratando de no rozar su desproporcionada atrofia.

Violeta tiene una atrofia, un bulto, una bolsa de pus o de grasa blanda y arrugada, una lágrima carnosa que le cuelga enorme y morada de su ojo derecho.

¿Cómo vas? —pregunta en general Romina.

—Se trata de una avioneta, una avioneta en los picos —Y le da la vuelta al patchwork.

Es un bonito trabajo. Enhorabuena.

Se te ve contenta —le dice Somoza.

En cuanto a mi atrofia —contesta Violeta—, creo que se ha hinchado un poco más—.

¿De qué picos se trata? —pregunta Somoza que sujeta el patchwork.

Es verdad, tal vez algunos centímetros, ¿no es verdad? —dice Romina que nos mira a nosotros.

Además, está un poco más arrugada —Y se echa hacia delante y deja su enorme bolsa suspendida en el aire. Y, señalando su atrofia, dice: —Fijaos en estos pequeños puntos rojos o rosados que le están saliendo.

Romina se echa hacia delante y se fija atentamente en las pequeñas motitas rojas o rosadas.

Es verdad, no estaban antes —contesta Romina. Y, como nos mira a nosotros, nos echamos también un poco hacia delante en la silla, para comprobar las motitas rojas o rosadas que le han salido al bulto colgante de Violeta.

Estoy un poco preocupada, esa es la verdad —dice Violeta que ha puesto el patchwork boca abajo, una vez Somoza se lo ha devuelto.

¿Por qué? —le pregunta Romina.

Me duelen las rodillas, es como una cosa metálica.

Eso no es para tanto —le dice Somoza que parece estar ahora un poco más animado.

Ya —contesta Violeta.

¿Sabéis que Violeta está enamorada?

Entonces Violeta echa una miradita remilgada hacia la ventana y recoge un poco su cabeza apoyando en su mejilla la atrofia. Romina y Somoza se sonríen.

¿Habéis observado las venillas, esta erosión que prevalece? —nos insta de nuevo—. ¿Eso no estaba antes?

No, creo que no —dice Somoza.

No, claro que no.

Y además, estas concavidades y la rugosidad —Se acerca a Romina. Y Romina, que es bastante cariñosa y generosa, mueve su dedo índice hasta la bolsa y la toca, con suavidad, y contesta—. Es verdad, esta rugosidad…

Entonces, durante un momento, se hace el silencio. Suena el teléfono de Violeta, insistentemente, un pitido molesto. Y agarra su teléfono, y nos olvida. De repente nos sentimos marginados en casa de Violeta. Con ferocidad toquetea las teclas mientras el bulto, en su cabeza boca abajo, pende como el cuello de un pavo. Nos miramos un poco incómodos aunque ya estamos acostumbrados. El silencio se hace a ratos en la habitación. Se oye el ruido de la asistenta en la cocina.

¿Qué libro es ese? —pregunta Somoza señalando a la mesita, sobre la que hay un gran caos de objetos y papeles. Pero Violeta sigue atenta, entregada con frenesí a su teléfono mientras su cuello de pavo hinchado oscila en la gravedad de la habitación soporífera.

No es un libro —contesta entonces Romina, que está un poco más cerca—. Es una revista.

¿Qué tipo de revista?

Una revista de patchwork.

Ah —contesta Somoza—. ¿Y aquella otra?

Aquella otra es una revista de moda.

¿De moda?

Sí, de moda.

Entonces, Somoza, que está visiblemente inquieto por la ausencia y el desprecio que nos hace Violeta, se acerca hasta el gran taco de revistas y empieza a hurgar.

Violeta sigue embelesada.

¿Qué es esto? —pregunta Somoza. En el montón, ha agarrado una revista pornográfica. Y cuando él mismo se da cuenta de lo que tiene entre las manos, se avergüenza; todos nos avergonzamos. Pero Violeta ni siquiera lo ha notado, y sigue absorbida y concentrada con su teléfono móvil que sujeta con las dos manos y que descansa apoyado en su enorme panza.

Por un instante, la asistenta ha pasado por el pasillo a toda velocidad y se ha dejado ver fugazmente a través del hueco de la puerta. Una mujer tímida y esquiva, que se ve obligada a ir a comprar todo tipo de revistas al quiosco para satisfacer a Violeta y a su atrofia.

Por fin, Violeta ha regresado y ha depositado su teléfono encima del taco de revistas, aunque no deja de sonar, a intervalos, un pitido continuo y molesto.

Y bien ¿quién es el afortunado? —pregunta Somoza mirando a Romina.

Se trata de Tobías. Tobías —dice Romina. Y Violeta suelta una carcajada, repentina y seca.

Conque Tobías —dice Somoza.

Sí, Tobías —dice Romina.

¿Y qué tal?

Pero Violeta le interrumpe y le pregunta a Romina: —¿Huele?, ¿crees que huele?, últimamente creo que huele. —Romina se acerca y pega su nariz a la bolsa de pus y de materia atrofiada y dice: —No, no huele, creo que no huele —Entonces Violeta dirige su mirada hacia Somoza, y le hace un gesto, Somoza también tiene que acercarse. Se levanta de su silla, se acerca y pega su nariz hasta el cuello de pavo hinchado—. No, no creo que huela —dice.

Aunque es ella, Violeta, la que realmente huele, mal; un hedor espantoso a mugre debajo de su panza y de su falda manchada.

Son las rodillas —contesta Violeta por otro lado.

¿Adónde vais a ir? —pregunta Romina. Pues cree que la asistenta anda preparando.

No, no vamos a ninguna parte.

¿Me dejas ver el patchwork? —y le deja el patchwork mientras agarra otra vez el teléfono móvil. Empieza otra vez el frenesí y nuestra marginación mientras suenan las teclas.

Una avioneta—, dice Romina.

Violeta—, dice Somoza, —me ha dicho Tobías que lo molestas, que lo acosas, que lo amenazas—. Pero ella hace como si nada.

***

perfil-biografiaDamián Cordones (Arjonilla, Jaén, 1980) Profesor de filosofía. Residente en Benalmádena (Málaga). Autor de Submania (2016) y La era del espíritu baldío (próxima publicación en Ediciones el Transbordador). www.damiancordones.com

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